La Parroquia Matriz de San Agustín y Santuario de Santa Rita,

Vegueta, Las Palmas de Gran Canaria, Diócesis de Canarias, España,
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DOMUND: JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES

“Sé valiente, la misión te espera”

El próximo 22 de octubre la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Misiones, es el Domund, una jornada misionera en la que de un modo especial, la Iglesia universal reza por la misión y los misioneros y colabora con ellos.

El lema del Domund de este año: “Sé valiente, la misión te espera” invita a ser valientes y comprometerse a fondo con la labor misionera de la Iglesia.

“Sé valiente”. El papa Francisco invita continuamente a retomar la audacia del Evangelio. Coraje y valentía para salir de nosotros mismos, para resistir la tentación de la incredulidad, para gastarnos por los demás y por el Reino, para soñar con llegar al más apartado rincón de la Tierra.

“La misión te espera”. Es la hora de tener valor para tomar parte en la actividad misionera de la Iglesia. Hasta el último confín, sin límites ni fronteras. Todos estamos llamados a la misión. El anuncio del Evangelio es una necesidad del creyente.

“La misión en el corazón de la fe cristiana”. Lo recuerda el Papa Francisco en su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2017. La mayoría de los bautizados viven la misión en su vida diaria, algunos son enviados por la Iglesia como misioneros; pero todos sienten la necesidad de transformar su existencia en un compromiso misionero. Se trata de “salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20).

Con la Jornada Mundial de las Misiones, Domund, se apoya económica y espiritualmente a los territorios de misión, aquellos lugares del mundo donde el Evangelio está en sus comienzos y la Iglesia aún no está asentada. Estos territorios están confiados a la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, y dependen de la labor de los misioneros y del sostenimiento económico de las Obras Misionales Pontificias (OMP) de todo el mundo.

Las colectas del 22 de octubre estarán destinadas al DOMUND. Gracias por tu colaboración.


Plan Diocesano de Pastoral 2017-2018

Nuestro Plan Diocesano de Pastoral, iniciado en 2015, tiene un objetivo muy claro y muy concreto: “revitalizar la identidad cristiana desde el encuentro con Jesús, que nos cambia, nos reúne y nos envía”

Pretende que los cristianos de nuestra Diócesis vivamos cada día mejor nuestra fe y seamos consecuentes con ella en nuestra vida diaria.
Desde el principio hemos hecho un esfuerzo por clarificar qué es la “identidad cristiana” y por ello hemos insistido en cuidar las tres dimensiones que configuran la misma: la personal, la comunitaria y la misionera. O lo que es lo mismo, Jesús nos hace discípulos, hermanos y misioneros.
 La Comisión Diocesana que coordina y anima el desarrollo del PDP, después de haber visitado y escuchado a todos los Arciprestazgos y de hacer una valoración del recorrido de toda la Diócesis, con sus luces y sus sombras, propone para el próximo curso pastoral 2017-2018 potenciar la dimensión misionera de la fe.

Más información en la web de la Diócesis de Canarias

Carta Pastoral de nuestro Obispo para el curso 2017-18

JESÚS Y SU EVANGELIO NOS HACEN DISCÍPULOS, HERMANOS Y MISIONEROS

Muy queridos Hermanos todos:

Por estas fechas, el iniciar cada Curso pastoral, ponemos en manos de todos: laicos, consagrados, pastores, comunidades, el documento guía que presenta los objetivos, nos recuerda las conexiones con lo caminado hasta ahora y con el camino que nos propusimos recorrer, y nos ofrece algunas posibles actividades que nos ayuden a caminar y a caminar juntos.

Casi simultáneamente, siempre ofrezco a todos unas reflexiones que quieren recordar, animar, ayudar a comprender en la misma línea el sentido de los pasos que vamos dando.

En el Documento que ofrece la Comisión se presenta el Objetivo general de este Curso pastoral 2017-2018 con estas palabras: “Cuidar y potenciar en todas nuestras actividades pastorales la ACCIÓN MISIONERA desde el encuentro personal con el Señor y la experiencia comunitaria”

Es evidente que, tal como se nos explicita en el mismo documento, el acento se pone en la Misión, aunque una Misión que brota del encuentro con el Señor y su Evangelio, una experiencia que nos cambia, y nos reúne en comunión. Así lo hemos ido trabajando en los dos últimos cursos. La Misión es siempre la fase final y necesaria de un camino, en el que encontramos siempre y fortalecemos siempre lo que nos caracteriza como creyentes: somos Discípulos, Hermanos, Misioneros. 


El vídeo del Papa 

Intenciones mensuales de oración del Papa Francisco sobre los desafíos de la humanidad. El mismo Papa Francisco explica en video cada mes las intenciones de oración universal y para la evangelización propuestas por el apostolado de la oración:

Puede ver el resto de videos en youtube haciendo click aquí: El Vídeo del Papa

Lo dice el Papa:

Angelus del 15 de octubre:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


Gracias por vuestra calurosa bienvenida y gracias al Superior General por haber ilustrado nuestra reunión.


Os saludo y junto con vosotros doy las gracias al Señor por los cuatrocientos años de vuestro carisma. San Vicente ha generado un impulso de caridad que dura siglos: un impulso que brotó de su corazón. Por eso hoy tenemos aquí la reliquia: el corazón de San Vicente. Hoy me gustaría animaros a seguir este camino, proponiendo tres verbos simples que creo muy importantes para el espíritu vicentino, pero también para la vida cristiana en general: adorar, acoger, ir.


Adorar. Son innumerables las  invitaciones de San Vicente  a cultivar la vida interior y a dedicarse a la oración que purifica y abre el corazón. La oración es esencial para él. Es la brújula de todos los días, es como un manual de la vida,  es – escribía – “el gran libro del predicador”: Solamente rezando se consigue de Dios  el amor que hay que derramar sobre el mundo; solamente rezando se tocan los corazones de la gentes cuando se anuncia el Evangelio. (ver Carta a A. Durand, 1658). Pero para San Vicente la oración no es solo un deber, y mucho menos un conjunto de fórmulas. . La oración es detenerse  ante Dios para estar con él, para dedicarse simplemente a Él Esta es la oración más pura, la  que deja espacio al Señor y a su alabanza, y nada más: la adoración.


Una vez descubierta, la adoración se hace  indispensable, porque es pura intimidad con el Señor, que da paz y alegría, y derrite los afanes de la vida . Por eso San Vicente aconsejaba  a uno  que estaba sometido a una presión particular,  que permaneciera en oración “sin tensión, arrojándose en Dios con miradas simples, sin tratar de tener su presencia con un esfuerzo considerable, sino abandonándose a Él” (Carta a G. Pesnelle, 1659).


Esto es la adoración: ponerse ante del Señor, con respeto, con calma y en silencio, dándole el primer lugar, abandonándose confiados. Para pedirle después que  su Espíritu venga a nosotros y dejar que nuestras cosas vayan a Él.  Así, también  las personas  necesitadas, los problemas urgentes, las situaciones difíciles y pesadas entran en la adoración,  tanto es así que San Vicente pedía que se “adorasen en   Dios incluso las razones que son difíciles de comprender y aceptar (véase Carta a F. Get, 1659). El  que adora, el  que va a la fuente viva del amor no  puede por menos que  “contaminarse” por decirlo así. Y empieza a comportarse con los demás como el Señor hace con él: se vuelve más misericordioso, más comprensivo, más disponible, supera sus durezas  rigidez y se abre  a los demás.


Llegamos al segundo verbo: acoger. Cuando escuchamos esta palabra, inmediatamente pensamos en algo que hacer. Pero en realidad  acoger es una disposición más  profunda: no  se trata solamente de hacer sitio  a  alguien , sino de  ser personas acogedoras, disponibles,  acostumbradas a darse a los demás. Como Dios por nosotros, así nosotros por los demás. Acoger significa redimensionar  el propio yo, enderezar la forma de pensar, entender que la vida no es de mi propiedad privada y que el tiempo no me pertenece. Es un desprendimiento lento de todo lo que es mío: mi tiempo, mi descanso, mis derechos, mis programas, mi agenda.  El que acoge renunciar al yo y hace  entrar en la vida el tú y el nosotros.


El cristiano acogedor es un verdadero hombre y mujer de la Iglesia, porque la Iglesia es Madre y una madre acoge y acompaña la vida. Y como un hijo se parece a su  madre, en los rasgos, así el cristiano tiene estos rasgos de la Iglesia. Entonces  es  un hijo verdaderamente fiel de la Iglesia, que es acogedora,  que ,sin quejarse, crea concordia y comunión y  con generosidad siembra paz, incluso si no es correspondida. ¡Que San Vicente  nos ayude a promover este “ADN” eclesial de la acogida, de la disponibilidad, de la comunión, para que  de nuestras vidas “desaparezca  toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad! ” (Efesios 4:31).


El último verbo: ir. El amor es dinámico, sale de sí mismo. El  que ama no se queda en un sillón mirando, esperando el advenimiento de un mundo mejor, sino que con  entusiasmo y  sencillez se levanta y se va. Lo decía muy San Vicente : “Por tanto, nuestra vocación es ir,  no a una parroquia, ni tampoco solamente a una  diócesis, sino a toda la tierra. ¿Y para hacer qué? Para inflamar los corazones de los hombres, haciendo lo que hizo el Hijo de Dios,  Él , que vino a traer fuego al mundo para inflamarlo con su amor “(Conferencia del 30 de mayo, 1659). Esta vocación siempre es válida para todos. Plantea preguntas a cada uno: “¿Salgo yo al encuentro de los otros, como quiere  el Señor? ¿Llevo dónde voy este fuego de caridad o me encierro para calentarme frente a mi chimenea?


Queridos hermanos y hermanas, gracias porque estáis en movimiento por los caminos del mundo , como San Vicente os pediría hoy también. Os deseo  que no os detengáis sino que prosigáis sacando cada día de  la adoración el amor de Dios y lo difundáis  por todo el mundo a través del buen contagio de la  caridad, de la disponibilidad, de la concordia. Os bendigo a todos  y a los pobres que encontráis. Y , por favor, os pido la caridad de que no os olvidéis de rezar por mí.

Audiencia del 11 de octubre: 


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


Hoy quisiera detenerme en aquella dimensión de la esperanza que es la espera vigilante. El tema de la vigilancia es uno de los hilos conductores del Nuevo Testamento. Jesús predica a sus discípulos: «Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta» (Lc 12,35-36). En este tiempo que sigue a la resurrección de Jesús, en el cual se alternan en continuación momentos serenos y otros angustiantes, los cristianos no descansan jamás. El Evangelio exige ser como los siervos que no van jamás a dormir, hasta que su señor no haya regresado. Este mundo exige nuestra responsabilidad, y nosotros la asumimos toda y con amor. Jesús quiere que nuestra existencia sea laboriosa, que bajemos jamás la guardia, para recibir con gratitud y maravilla cada nuevo día donado por Dios. Cada mañana es una página blanca que el cristiano comienza a escribir con las obras de bien. Nosotros hemos ya sido salvados por la redención de Jesús, pero ahora esperamos la plena manifestación de su señoría: cuando finalmente Dios será todo en todos (Cfr. 1 Cor 15,28). Nada es más cierto, en la fe de los cristianos, de esta “cita”, este encuentro con el Señor, cuando Él regrese. Y cuando este día llegará, nosotros cristianos queremos ser como aquellos siervos que han pasado la noche ceñidos y con las lámparas encendidas: es necesario estar listos para la salvación que llega, listos para el encuentro. Ustedes, ¿han pensado cómo será este encuentro con Jesús, cuando Él regrese? ¡Será un abrazo, una alegría enorme, un gran gozo! Este encuentro: nosotros debemos vivir en espera de este encuentro.


 


El cristiano no está hecho para el aburrimiento; en todo caso para la paciencia. Sabe que incluso en la monotonía de ciertos días siempre iguales está escondido un misterio de gracia. Existen personas que con la perseverancia de su amor se convierten en pozos que irrigan el desierto. Nada sucede en vano, y ninguna situación en la cual un cristiano se encuentra inmerso es completamente refractaria al amor. Ninguna noche es tan larga de hacer olvidar la alegría de la aurora. Y cuando más oscura es, más cerca está la aurora. Si permanecemos unidos a Jesús, el frio de los momentos difíciles no nos paraliza; y si incluso el mundo entero predicara contra la esperanza, si dijera que el futuro traerá sólo nubes oscuras, el cristiano sabe que en ese mismo futuro existe el regreso de Cristo. ¿Cuándo sucederá esto? Nadie sabe el tiempo, no lo sabe, pero el pensamiento que al final de nuestra historia está Jesús Misericordioso, basta para tener confianza y no maldecir la vida. Todo será salvado. Todo. Sufriremos, habrán momentos que suscitan rabia e indignación, pero la dulce y poderosa memoria de Cristo expulsará la tentación de pensar que esta vida es equivocada.


Después de haber conocido a Jesús, nosotros no podemos hacer otra cosa que observar la historia con confianza y esperanza. Jesús es como una casa, y nosotros estamos adentro, y por las ventanas de esta casa nosotros vemos el mundo. Por esto, no nos encerremos en nosotros mismos, no nos arrepintamos con melancolía un pasado que se presume dorado, sino miremos siempre adelante, a un futuro que no es sólo obra de nuestras manos, sino que sobre todo es una preocupación constante de la providencia de Dios. Todo lo que es opaco un día se convertirá en luz.


Y pensemos que Dios no se contradice a sí mismo. Jamás. Dios no defrauda jamás. Su voluntad en relación a nosotros no es nublada, sino es un proyecto de salvación bien delineado: «porque Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4). Por lo cual no nos abandonemos al fluir de los eventos con pesimismo, como si la historia fuese un tren del cual se ha perdido el control. La resignación no es una virtud cristiana. Como no es de los cristianos levantar los hombros o inclinar la cabeza adelante hacia un destino que nos parece ineludible.


Quien trae esperanza al mundo no es jamás una persona remisiva. Jesús nos pide esperarlo sin estar con las manos cruzadas: «¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!» (Lc 12,37). No existe un constructor de paz que al final de la cuenta no haya comprometido su paz personal, asumiendo problemas de los demás. Este no es un constructor de paz: este es un ocioso, este es un acomodado. No es constructor de paz quien, al final de la cuenta, no haya comprometido su paz personal asumiendo los problemas de los demás. Porque el cristiano arriesga, tiene valentía para arriesgar para llevar el bien, el bien que Jesús nos ha donado, nos ha dado como un tesoro.


Cada día de nuestra vida, repitamos esta invocación que los primeros discípulos, en su lengua aramea, expresaban con las palabras Marana-tha, y que lo encontramos en el último versículo de la Biblia: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,20). Es el estribillo de toda existencia cristiana: en nuestro mundo no tenemos necesidad de otra cosa sino de una caricia de Cristo. Que gracia sí, en la oración, en los días difíciles de esta vida, sentimos su voz que responde y nos consuela: «¡Volveré pronto!» (Ap 22,7). Gracias.

Web de la Santa Sede

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